La pasada semana, el semanario Valle de Elda, con motivo del 70 aniversario de su aparición pública, dedicó varias páginas a intentar razonar y analizar la situación de nuestra industria del calzado de nuestra comarca zapatera y, muy especialmente, de Elda.
Además de felicitar al semanario por sus setenta años de trayectoria, considero que estamos ante uno de los primeros intentos serios de abordar públicamente el grave problema que afecta a una actividad que durante generaciones ha sostenido buena parte de nuestra economía, nuestro trabajo y nuestra identidad industrial.
De las entrevistas publicadas pueden extraerse muchas conclusiones y, quizá lo más significativo, es que buena parte de ellas apuntan en una misma dirección.
Se han abierto las puertas para que algunas de las personas más representativas de la industria del calzado y de los sectores relacionados con ella digan públicamente lo que piensan.
Es un primer paso. Pero serviría de poco dejar ahora esas reflexiones ahí, sin continuar profundizando en esa herida abierta.
Elda necesita un cambio de rumbo respecto a su actividad industrial. Y ese cambio debemos impulsarlo entre todos: unos aportando ideas, otros llevándolas a la práctica y las instituciones creando las condiciones necesarias para hacerlo posible. No necesitamos una nueva sucesión de promesas; necesitamos objetivos, decisiones y actuaciones concretas.Pero, entre todo lo que se ha dicho, hay una cuestión que personalmente me preocupa por encima de muchas otras: el relevo generacional.
Se habla de la resistencia de los hijos a continuar el camino de sus padres, de aparadoras sin relevo y de oficios esenciales que poco a poco van perdiendo profesionales.
Y ante eso creo que debemos hablar con claridad: no existe profesión ni actividad empresarial que no exija sacrificio, esfuerzo y, muchas veces, también frustración.
Renunciar a nuestra industria de fabricación de calzado de alta gama sería mucho más que perder empresas o puestos de trabajo. Sería interrumpir la transmisión de un conocimiento profesional acumulado durante cerca de dos siglos; un patrimonio industrial que ha convertido a Elda, especialmente en la fabricación del zapato de mujer, en una referencia de extraordinario nivel dentro del panorama zapatero español.
Ese conocimiento no se improvisa. Se aprende, se perfecciona y se transmite de generación en generación. Y cuando se pierde, recuperarlo resulta extraordinariamente difícil.Por eso creo que el relevo generacional debe ser uno de los primeros asuntos sobre los que trabajar.
Algunos hablan también de “nostalgia” cuando recordamos lo que fue Elda y su industria. No comparto esa interpretación.
No se trata de añorar el pasado ni de pretender volver a él.
El recuerdo de aquella Elda industrial no debe servir para lamentarnos por lo que fuimos, sino para preguntarnos qué queremos ser.
Y, sobre todo, debe servir para quienes no conocieron aquella ciudad que trabajaba, innovaba, exportaba y competía; para las nuevas generaciones y para las que vendrán después, que tienen derecho a recibir algo más que una industria progresivamente empequeñecida.
Recordar nuestro pasado no significa mirar hacia atrás. Significa saber de dónde partimos para decidir hacia dónde queremos ir.
No quiero alargarme más, precisamente porque deseo que estas reflexiones se lean, se compartan y, sobre todo, se mediten.
Elda mantiene todavía algo extraordinariamente valioso: conocimiento profesional, experiencia, talento y prestigio en el mundo del calzado.
Son armas más que suficientes para hacer brotar con fuerza un nuevo panorama industrial.
Pero para conseguirlo hay que empezar a actuar.
El debate se ha abierto. Ahora no debemos cerrarlo.